Resulta,
cuanto menos, curioso que la democracia española transitada desde la dictadura
franquista habilite un día de reflexión antes de la convocatoria electoral,
como un acto de pomposo moralismo frente al inopinado sueño de cambio del orden
real del poder.
En este
artículo quiero centrarme en la racionalidad de las creencias políticas y de
los creyentes, pero muy en especial propongo al lector una pequeña reflexión
sobre la racionalidad de la elección que cada uno hace sobre la creencia que
fundamenta y dirige su propia fe política.
Reflexión en
el sentido de considerar si su creencia le dice algo objetivo y/o verdadero
sobre la realidad de los hechos y acontecimientos que experimenta a lo largo de
su vida. La primera condición es que no debe confundir objetividad con la
intersubjetividad de las verdades parroquiales dado que entre iguales toda
verdad interpretada es, en gran medida, igual a sí misma, y entre diferentes
sólo cabe la confrontación o el consenso.
No se trata
de reflexionar sobre interpretaciones de lo real, sino sobre la realidad como
algo objetivo, pues en el mundo de las interpretaciones la objetividad de la
confrontación es el resultado del poder de las fuerzas combatientes, mientras
que la objetividad del consenso se centra en la justificación de razones
suficientes para adoptar una nueva fe con apariencia del mejor «saber». Consecuentemente el consenso se
fija sobre el poder de una nueva lógica que deriva en el reconocimiento de un
nuevo marco de realidades con proyecciones de lo irreal.
La realidad de España
La propuesta
de este artículo es la de una reflexión introspectiva y binaria. Es decir; en
soledad ante realidad, siendo la realidad España.
La
Constitución de 1978 emerge, pues en España, como un nuevo marco de potenciales
realidades con grandes proyecciones de lo irreal. El orden de la dictadura
transitaba al nuevo orden de la democracia con todas las garantías de
reconocimiento real en el consenso general de que se aceptaba la creencia del
gran éxito de la paz democrática española.
Convengamos,
pues, en que los que aceptan creencias irracionales no son «sapientes», sino «creyentes»,
y que la diferencia entre sapientes y creyentes es siempre un criterio ad hominem sin condición alguna de
verdad.
Los géiseres de
realidad en la España de la ficción teatral
Cuarenta años
después de la ficción del 78 la realidad emerge hoy con fuerza en un sinfín de
géiseres, pequeños y grandes, que muestran objetivamente la absoluta carencia
de instituciones del Estado que estén ancladas en la realidad y en los hechos
objetivos distinguiendo entre verdad y mentira; promoviendo la justicia, o el
mero equilibrio.
La ficción
permanente ha convertido España en un teatro absurdo, divertido para el turismo
y fantasmagórico para los desposeídos; precariados, parados y desgraciados, de
todo género y condición.
La tozuda
resistencia de las élites de todo tipo a reconocer lo real convierte la
realidad fragmentada y pigmentada en un negocio político, jurídico y económico
que envuelve todo en la mentira permanente creando psicosis colectivas donde la
charlatanería, el oportunismo y los profetas producen la gran nube de un Estado
carente de principios de realidad.
La realidad
española se articula en torno a una ontología bipolar del significado en
permanente tensión contradictoria donde el concepto de “libertad” va
estrechamente vinculado con el de dependencia y vulnerabilidad. Libre es el
señorito portentoso como libre es el jornalero para pasar hambre; la igualdad
aquí es incuestionable. O como dice el ministro Ábalos del PSOE; crece el paro
porque la gente tiene más ganas de trabajar y se inscriben en el INEM.
La difamación de la
verdad y el triunfo de lo patológico
La ficción
española llega a tal punto de refinamiento que ya ni siquiera necesita de los
molinos de Cervantes para digerir la realidad con quijotescas mentalidades pues
en la España transitada del siglo XXI ni hay pobres ni presos políticos, sólo
hay ricos sin dinero y políticos presos. Tampoco hay violaciones, sólo abusos
de menores.
Decía Chris
Hedges citando a Hanna Arent (1) en ‘Los orígenes del Totalitarismo’ que; «El resultado de una sustitución sólida y
total de la mentira por la verdad fáctica no es que la primera es aceptada como
lo verdadero y la verdad es difamada como si fuera una mentira, sino que el
sentido en que nos orientamos en el mundo real – y la categoría de lo
verdadero frente a lo falso es uno de nuestros medios mentales encaminados a
este fin– se está destruyendo.»
A diferencia
del resto de Europa la dictadura española difamó la verdad durante 40 años de
forma consistente modulando generaciones enteras educadas en la fantasía del
dictador. Su lógica pervive aún hoy y se reproduce en la psicología de las
interpretaciones colectivas de la democracia hasta el punto de considerar
normal, lo que es objetivamente patológico.
Los tres grandes síntomas de la mentira patológica
Nadie critica
esta realidad objetiva con lo que la democracia española reproduce en el siglo
XXI la misma situación de fábula que contó en 1837 el escritor Hans Christian
Andersen en su cuento de hadas del nuevo traje del emperador donde advertía de
la paradoja de que no tiene que ser verdad aquello que todo el mundo piensa que
es verdad.
Tres son los
grandes síntomas que revelan la fuerte irrupción a la superficie de la mentira patológica
que subyace latente en la democracia española. De un lado la violencia de género,
en segundo lugar, el sueño húmedo de la república independiente de Cataluña y
en tercer lugar el empuje de Vox.
Los altos
niveles de paro crónico y de economía sumergida, la corrupción y el mal
funcionamiento de las instituciones protegidas por la falacia de una justicia
de etiquetas con derechos de fantasía y jueces de conveniencia son ya parte del
decorado de lo anormal normalizado.
El desdén y la izquierda desnuda
Una
normalidad que genera amplias dosis de desdén y distanciamiento de una
creciente parte de la población frente a las ansias de fastuosidad y de poder
de las élites transitadas, lo que refuerza el impulso de la lógica de la
dictadura en la derecha española alcanzando su grado máximo en las mentiras
patológicas de Vox.
La izquierda
se refugia de nuevo en la prudencia del miedo a la realidad de la descomposición
global del paradigma neoliberal que deja en total desorientación a su modelo de
gobernancia pragmática en una España que nunca fue liberal, ni socialdemócrata.
Ni la
izquierda académica, ni los sindicatos de clase dan respuesta alguna al hecho fáctico
del fracaso sistemático del cooperativismo en España, en cualquiera de sus
formas empresariales. Tampoco aquí la etiqueta de izquierdas hace al monje por
o que la izquierda española tampoco lleva traje al igual que el emperador de la
fábula de Andersen.
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1 comentario:
191108
Felicitaciones.muy buen artículo.
Está España entre lo viejo y lo nuevo. Lo renovador y creo que A muchos españoles le cuesta entender eso.
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