Resulta,
cuanto menos, curioso que la democracia española transitada desde la dictadura
franquista habilite un día de reflexión antes de la convocatoria electoral,
como un acto de pomposo moralismo frente al inopinado sueño de cambio del orden
real del poder.
En este
artículo quiero centrarme en la racionalidad de las creencias políticas y de
los creyentes, pero muy en especial propongo al lector una pequeña reflexión
sobre la racionalidad de la elección que cada uno hace sobre la creencia que
fundamenta y dirige su propia fe política.
Reflexión en
el sentido de considerar si su creencia le dice algo objetivo y/o verdadero
sobre la realidad de los hechos y acontecimientos que experimenta a lo largo de
su vida. La primera condición es que no debe confundir objetividad con la
intersubjetividad de las verdades parroquiales dado que entre iguales toda
verdad interpretada es, en gran medida, igual a sí misma, y entre diferentes
sólo cabe la confrontación o el consenso.